dilluns, 11 d’agost de 2014

Hemos banalizado tanto el sexo que parece más una gestión que cualquier otra cosa. Cometemos las más grandes estupideces por unas horas de calor y de sentirnos amados, de manera vacía, sin poder mirarse ni luego tocarse. Con tantos silencios de por medio que solo hacen que incomodar, luego no somos nada: uno huye del otro como si algo malo acabará de pasar, como si nuestro cerebro volviera a su lugar, al punto de partida. Y ¿para qué todo lo que va antes? ¿Para qué tanta tontería y falsos poemas y luces alrededor? Para sentir, solo para eso. Para poder notar que uno sigue vivo. Y esta sensación va mucho más allá del sexo. Llega hasta los abrazos rotos y en el ser capaz de no necesitar decir nada en los momentos de paz. Es leer después de salir del teatro entre cervezas y humo. Aunque ¿hasta que punto lo necesitamos por nosotros o por los demás? Parece que sea malo ser virgen y parece peor ser adicto a ello. Todo está mal, lo hagas como y con quien lo hagas (quizás somos unos rebeldes, o quizás solo unos posturistas). Así que lo único bueno, en todo esto, es el sexo en sí, sin más, y no hay peor crimen que el reprimirse y no atentar contra ti mismo por cambiarlo.

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