dimecres, 12 de novembre de 2014

siempre los miércoles

He conocido las sensaciones más extrañas en los tanatorios, donde nadie es quien es normalmente. Ese juego, medio estudiado-medio improvisado, que se alza entre rostros fatigados y rotos, que, según haya sido el final del difunto, sobrellevan mejor o peor. Creo que ese fue mi rostro cuando te fuiste. Creo que seguía teniendo la sensación de estar en un velatorio cuando llegaste. No asumí tu necesidad de estar solo después de mí, ni la asumí yo después de volver a saberme contigo. Quizás, y esta vez es solo un quizás, estaba más preocupado por el motivo de tu vuelta que por el hecho en sí. Intenté crear realidades dispersas, autóctonas de todo, intentando no mencionar nuestro antiguo imaginario. Una especie de ruptura entre tu yéndote y tú volviendo. Creo, o casi afirmo, que soy incapaz de tejer relaciones con otros seres humanos sin analizar cada instante la danza que estamos bailando los dos. Y por eso me sentí en un tanatorio, como si el difunto volviera a la vida y de repente todo ese protocolo quedará resquebrajado y nadie supiera cómo reaccionar.

Quiero saber de ti un poco más, y poco a poco.