dimecres, 19 de febrer de 2014

you bleed just to know you're alive

El aire está corrompido, es tóxico. No se puede respirar más, no queda nada más. El contacto humano se va perdiendo por nuevas costumbres, distantes y frías. El aire esta envenenado, y lo envenenamos nosotros mismos por no querer sentir que podemos hacernos trizas en cualquier rincón. Hay algo más allá de nuestra capacidad, algo que nos golpea y nos impide hacernos sentir bien. Parece que necesitemos estar siempre tristes y a quilómetros de aquello que hace que las entrañas ardan y nos dé vuelcos el alma. Tenemos vacíos de recuerdos que estamos quemando a toda prisa para intentar llenarlos con detalles insignificantes, manías y prejuicios. Todo es más importante que nuestras convicciones o nuestra capacidad de mostrarnos tal y como somos. Nos cohibimos por miedo al rechazo, a nuestro propio rechazo, y cada vez somos más hipócritas y tenemos menos que sentir y más que contar. Sobran palabras, sobran frases sin sentido y ruidos que no valen nada. Lo peor, lo más inquietante, es que mataríamos por ser abrazados cuando nos estamos desmoronando, pero a falta de parecer cobardes decidimos hacernos los fuertes. De que sirve tanta armadura y tanta distancia si no sabemos convivir con ello. ¿Para qué? Y luego, a solas, cuando creemos que no hay nadie mirando empezamos a destruirnos, a hacernos daño con aquello que nos azota en los más profundo, con más palabras, con más pensamientos vagos y “sin sentidos” como este, que se desvanecen al mismo tiempo que lo hago yo.